jueves, abril 08, 2010

Testimonio de mi nahual

Iba a la deriva, por un aire sin certeza. De pronto divisé la esperanza y no le perdí la vista. Fui apretándola en el círculo de mi vuelo y, como siempre, con calculadora valentía la atrapé al instante. La llevé a la peña más alta, lejos del alcance de cualquiera, a un rincón donde nadie pudiera creer en su existencia; sólo para mis garras, mi imaginación y mi contento. Pero cuando intenté probarla, descubrí el fracaso de mi caza, porque no logré siquiera arañar el destino.

miércoles, abril 22, 2009

Ciudad en Ruta: Colonias Del Valle y Nápoles

Pueden consultar el contenido del folleto sobre historia de estas colonias en el siguiente vínculo:

http://www.metropoli.org.mx/modules.php?name=News&file=article&sid=3480

viernes, octubre 17, 2008

Estructura-dictadura

Tubos en Barrio Antiguo, Monterrey.

Los creadores empiezan a construir en la imaginación. La construcción es el gobierno sobre las formas; por ello, las etimologías de la arquitectura y del gobierno (monarquía, oligarquía, poliarquía) están encadenadas: αρχι es el jefe o el principal, αρχειν es el gobierno. El constructor busca perpetuar una arquitectura inamovible para la habitación, para el movimiento, para el uso, para el día y para la noche. El gobernante quiere arreglar las actividades, los recursos, la geografía y el tiempo según sus propios parámetros. En todo edificio, incluso en el social, predomina la compulsión de orden del arquitecto-gobernante.

En la época del desecho, las tendencias actuales están sepultando las corrientes históricas del paisaje para sustituirlas con siluetas repetidas, edificios en serie, estilos copiados en otras latitudes. Nada distinto
de lo que pasa en la época del capitalismo global de mercado, que no ha dejado de ser, en lo más mínimo, capitalismo. Como nunca antes, la producción en serie de la industria se reproduce en los seres humanos. El mercado asigna de una forma muy "eficiente" la cultura favorable para el consumo. No sucede así con una identidad auténtica. Nos impone una lengua, una costumbre, un horario, una imagen de televisión, una comida, un placer, un camino, un ideal estético, una pobreza, una sobrevivencia para todos.

Nos ofrecen una vida cuadrangular como ficción para cegarnos ante una muerte lineal. Un sistema de joven rostro y decrépito corazón desprecia el alegato de la historia, el detalle de la experiencia, la contemplación del anciano. Los autonombrados modernizadores, imbuidos de una ética dictatorial, sólo creen en usar y desechar, como sus ancestros hicieron con la gente en las encomiendas, beneficios y minas. Las personas amaestradas para el trabajo, como tuberías de perfecto calce, se hacen inservibles por la misma lógica del mercado que las parió.

Los arquitectos de la sociedad ofrecen la homogeneidad en cantidades industriales; la vulnerabilidad y la necesidad hacen crecer la demanda. Con publicidad y esparcimiento quieren ocultar el destino industrial de nuestros días. Olvidan que la rebelión contra las estructuras no sólo es inherente a la conducta social, también es una constante del orden natural. El azar, la naturaleza y el contexto erosionan la consigna de la estructura-dictadura: "que todas las partes sean idénticas". La voz crítica se niega a repetir la forma que desean delimitar su espacio, asignarle una estructura ajena.

Estamos observando los rasgos de la crisis de un ciclo: bloquear las vías, apedrear a las autoridades, invadir los palacios. Desobecer, como un conjunto de acciones aisladas e irracionales, puede llevar a la transformación sólo si la fuerza de la conciencia sacude los cimientos y nos permite reconstruir antes que los arquitectos logren remozar el edificio. Es natural, es nuestro.

La lección de la carta de La Torre: nada es singular y superior. El camino se borra y la arquitectura se diluye. La mentira buscará ocultar su fachada decadente. Destruir la antigua certeza hasta los cimientos es el primer paso para reconstruir. La verdad siempre acabará como un páramo en ruinas.

domingo, septiembre 28, 2008

Extravíos

En unas cuantas semanas perdí mi coche, mis tarjetas, mis identificaciones y mi cámara. En un asalto y un acto fallido, breves entre lo breve, desapareció todo.

El extravío es una sensación difusa donde se pierde la orientación: algo falta entre las manos, una ausencia a la vista, una voz que no logra evocar al objeto. Ocurre en un momento definido, el del robo, el del olvido. Sin embargo, nuestra vida está llena de pequeños extravíos porque el movimiento nos define y, con ello, múltiples elementos próximos y lejanos aparecen y desaparecen cotidianamente.

No podríamos soportarlo si no contáramos nuestro mayor agente extraviante: la memoria. Dicen que la memoria no recuerda: olvida. La erosión diaria de los detalles físicos, los rasgos, las sensaciones al tacto, los ciclos, las nuevas ideas y las palabras van perpetrando un extravío general que, empero, es incapaz de prepararnos para la pérdida más grande: la muerte.

Poco a poco se rellenan los huecos. El sistema tiene métodos para reponer o comprar de nuevo, mas es incapaz de recuperar. Marcar un número, como dicen todos los conmutadores, para reportar "por robo o extravío" y después de largos trámites o pagos instantáneos (el interés tiene pies) tendré los nuevos objetos. Al menos mi yo podrá empezar a olvidar la pérdida. Me reiré del presentismo, de la angustia, de la falta.

Es menos grave extraviar el coche, las tarjetas, las identificaciones y la cámara que perder el movimiento, el trabajo, la identidad o la mirada. Sin embargo, también para ello debería estar preparado.

Onitlapoloc, "maca aic nipolihui".

viernes, agosto 29, 2008

Vacante



Después de una larga caminata etimológica, sabemos que vacar proviene del latín vacuum, vacío.

Ha quedado un puesto vacante. Un escritorio sin usar. Una herramienta en reposo. Un aparador atendido por ausencias. Un teléfono que nadie responde. Una línea menos en la nómina.

Así, pareciera que un empleo vacante es un espacio que nadie ocupa. Pero los desocupados siempre están bastante ocupados y preocupados en combatir la angustia que los persigue hasta en sueños. Como dicen en otras latitudes al desempleo, el paro, ocurre como una pausa ontológica, en la que el homo sapiens dejara de ser alguien mientras no consiguiera un empleo. El más vigente y trágico hallazgo de la teoría marxista es que no sólo la dinámica capitalista enajena excedentes: incauta la autoconciencia, expropia la capacidad de plenitud y la convierte en una simple idoneidad para el trabajo. Porque todos sabemos que los puestos se llenan menos con talento que con un currículum vitae mañoso, una llamada telefónica influyente, el cuñado del jefe, una palanca, la amante de un subalterno o una deuda política. No creo que existan head-hunters, más bien hay mask-hunters o cazadores de corazones huecos.

Todo el tiempo oímos de puestos vacantes. ¿Alguien ha oído sobre un hombre vacante? Tanto el que espera como el que busca, el desempleado añora llenar ese vacío laboral. Aunque sea con agobio, salario mínimo y humillación. El hombre vacante está desgarrado por un sistema maquinal, fuera del cual no ubica su papel en el mundo. Despedazado por la garra demasiado visible del mercado que lo tomó, lo arañó y lo arrastró hasta la puerta de la fábrica, negocio u oficina. Podría convertirse en un vagabundo, palabra que también proviene de vacuum.

Me parece patético que el sistema pretenda que todo nuestro aprendizaje se oriente a trabajar y ascender en la escala laboral. Nada es seguro ni permanente; si la cultura y la educación sólo sirven para llenar las vacantes, ¿qué podrá llenar al ser humano cuando se quede vacío -si no es que ya se encuentra así, sin darse cuenta?

jueves, julio 31, 2008

Triste e invisible

La belleza tiene algo de triste. Cuando irrumpe en nuestra cotidianidad inesperadamente, nos lamentamos por habernos perdido toda nuestra vida de ese instante. Mientras dura, el deleite es tan bello como triste, por la certeza de que terminará y por el temor de que siempre desearemos repetirlo, porque a partir de entonces nos hará tanta falta. Delicada es la flor y efímero el sueño: cuando despertamos de acariciar su perfección, la vigilia se convierte en un desierto.

La belleza tiene algo de invisible. El negro de las pupilas tiene una profundidad abisal y el brillo de los ojos es el destello de una joya preservada en un interior inalcanzable.

Miro cada vez más adentro, y persisto aunque corra el riesgo de renunciar a la vista. Te veo, te observo. Voy perdiéndome por el corredor de tu rostro, en una ceguera tan espesa como la bruma. Y después ya no te veo, sólo te callo. Mi corazón se aclara, pero mi mente queda tan confusa como en el principio. Porque lo sé bien: aunque quisiera rendirte toda mi voz, la belleza sólo se paga con silencio.

lunes, julio 14, 2008

Antes



Sentado en una barda de piedra, Don Ángel Castro señalaba las tres partes de la ex hacienda de Tomacoco: las ruinas del antiguo casco, los restos de la capilla y los establos que se han convertido en una granja de puercos más o menos moderna.

Desde aquel femenino volcán se desliza el bosque, suave como un efluvio del lecho perpetuo, misterioso como los motivos de la mujer que se quedó esperando, profundo como los siglos y el subsuelo. Entre los árboles se derraman los deshielos, los sueños derretidos de Iztac Cíhuatl, y aunque parece que manarán por siempre, Don Ángel confiesa que ya baja muy poca agua: "Ya no es como era antes. Hubo un año en que el río creció hasta allá donde empieza la barranquita, y de este lado se desbordó. Si antes costaba trabajo para vadearlo, nomás se podía pasra aquí por esta bajadita... ora no, ora apenas si pasa el chorrito aunque llueva re duro allá arriba en el Izta... ya nos estamos acabando toda el agua".

En la hacienda se trabajaban los textiles, había un molino fabril y un generador de electricidad. "Eran puros españoles los dueños. Ya ve, se sacaba mucho producto y los españoles eran muy ricos, pero el pueblo no recibía nada. Si dicen que a los pobres los tenían esclavizados, ahí del otro lado del río los tenían en sus casitas y no se podían ir, los azotaban o los encerraban. Cuando guardaban sus ollas de oro, mataban a un peón y lo enterraban con el dinero, quesque pa que el muerto cuidara el oro. Pero pues ya luego la gente se hartó y en la Revolución por acá entró Zapata, porque es el camino de Cuautla pa México".

Después le dieron tierras a todos. No había tanta producción, pero todos trabajaban y todos comían bien, "aunque fuera sus tortillitas y sus frijolitos".

"Yo soy de los pocos que todavía trabajan la tierra, joven. Ya nadie siembra, ya no le hacen caso a la tierra. Sólo los abuelos y uno que otro por ahí tienen su milpita, los jóvenes ya no saben trabajar la tierra, ya son muy flojos y prefieren irse a la ciudad a ganarse el dinero fácil. Se les mueren sus viejos y dicen nooo, ya pa qué siembro maíz barato, mejor vendo las tierra y me dan más dinero.

"Pero pus ¿qué cree? Que la tierra se la venden a las mismas personas, todo esto de aquí arriba, desde Tomacoco hasta la Nogalera, todo es del señor Ortega. Los terrenos se los quedan los poquitos pesudos de por aquí, que seguro ya le contaron de ellos. Ahora es el puro rico el que tiene todas las tierras, ya la gente se queda pobre y nos quedamos otra vez como antes de la Revolución..."

martes, noviembre 27, 2007

El bocado de la decencia

En la merienda, mi padre se quejaba de una compañera del trabajo que lo saluda con petulancia. De ahí sacó sus resentimientos contra la gente que, tras su accidente, sólo lo llamó una vez por compromiso social. Ya ni siquiera por cortesía, porque no podía considerase así algo tan absurdo como esto, o como el “bocado de la decencia”.

¿Qué? ¿Bocado de la decencia? ¿Qué es eso?

Una regla de urbanidad y buenas maneras es no acabarse el plato, sino dejar una parte. Una hoja de lechuga, varias cucharadas de arroz, una porción carnosa del pollo… hasta una cuarta parte del platillo, me dice quien en su infancia sólo conoció “el bocado del hambre”. Además del desperdicio como una dinámica estetizante del capitalismo, según pensó Walter Benjamin, este bocado es un acto diacrónico de humillación. De una pincelada, el autorretrato de los potentados. Desde los banquetes de los césares hasta las célebres panzas de los monopolistas, la moral es un alimento bastante llenador, siempre sobra.

Es decente desperdiciar. Es más decente que devolver un bocado de bazca en el plato de los pobres. Es más decente que devorar como lo hacen quienes apenas aspiran a unos cuantos bocados diarios. Los decentes son delicados en sus maneras, pero no en sus razones. Los decentes no comen: desperdician. Disfrutan “bautizar” la comida, saciarse y convertirla en sobras para los sirvientes o los pepenadores.

Tal vez la suma total de los bocados de la decencia sea proporcional al volumen del hambre. Diles, con toda decencia que se lo coman todo. “¿Bueno, ahí está, tú se los vas a llevar a Somalia?”, te responderán, volando por encima de la Sierra Mazateca, de Metlatónoc, de Sitalá, en las alas de las páginas financieras: México es un país de ingreso medio; miembro de la OCDE; “líder” regional; un PIB prometedor. Para qué buscar en las páginas más escatológicas de Baudelaire; la decencia no se alimenta de desechos, sino del hambre, a grandes bocados.

domingo, octubre 07, 2007

Genealogía de la ausencia

Para Fabiola y Rodrigo, genetistas malditos

Todo comienza distinto al paradigma judeocristiano. No hay un creador, hay una dualidad. Aparece un núcleo formado por la diferencia. Un par de verbos se hace carne y con el tiempo se olvida la historia ajena. Al menos mientras dura la ilusión de la individualidad.

Y el humano crece con la reducción brutal de la vida a una posesión, lo mío es lo mío, lo mío es una heredad que guardo bajo llave. Lo mío es el rostro que preservo debajo de la máscara, lo único que pueden conocer los demás. Mi amo es el miedo.

Paradojas del aprendizaje, todo llega tarde a nuestra vida y se va temprano. Lo que esperamos se esfuma y desesperamos por lo que no llegará. La muerte nos toma siempre desprevenidos y temerosos gracias a nuestro inútil vitalismo. Doctores, riqueza, fotografías, bendiciones, remedios caseros, cielos, egoísmo y otras cosas que prolongan nuestro presente nos hicieron pensar que la vida era necesaria en dos sentidos: el filosófico, ya que no puede existir de otra forma, y el social, porque los demás necesitan de nuestras miradas, nuestras palabras, nuestras siluetas, nuestros credos, nuestros nombres. Así, creemos que la muerte es tan sólo un accidente.

En realidad es al revés. La probabilidades genéticas de que yo exista son infinitesimales; ni qué decir de las históricas y sociales, la larga cadena de encuentros y casualidades disfrazada de causalidad. De sólo imaginar que mis cuatro bisabuelas y mis cuatro bisabuelos se hayan conocido empieza a darme vértigo. Este delicado equilibrio eterniza mi contingencia. La vida es un accidente y la muerte necesaria.

Pero morir en la tierra es tan nimio como la caída de un árbol o la expiración de un mosquito. En el ciclo natural hay un cálculo humillante que trivializa la muerte del individuo. ¿Para que engendrarnacercriarcrecer en vano? ¿Qué herida arrastró a los ancestros hacia el torrente de la sangre?

El signo del eterno retorno, porque nacimos con la muerte por dentro. Sólo heredamos la filiación de la ausencia. Nos abandonaron al partir quienes hubieran podido revelar el secreto original, el manantial del tiempo, el paraje donde enterraron los gestos de mil rostros anteriores que forman un rostro que invade el espejo con miradas opacas, retratos de la sombra misma que sonríen desde los rincones, desde los pasillos.

www.desfaz.com

viernes, abril 27, 2007

El Loco

En Tacubaya hay un vagabundo rechoncho, oscuro y mugriento. Habla solo, se emociona solo, hace gestos solo y camina sin rumbo. Por eso, dicen, está loco. No obstante el desprecio casi unánime que lo rodea, en su sonrisa hay un dejo de sarcasmo. Un sarcasmo inocuo, humilde. Una sonrisa permanente, como un manifiesto lanzado desde profundidades incognoscibles.

En el ámbito místico-simbólico-mitológico, el Loco es un arquetipo que remite al estado originario del ser humano, al núcleo alrededor del cual la experiencia y la vida anímica forjan la personalidad. Es una parte esencial que nos acompaña siempre, es nuestra intuición, nuestro ensueño, nuestra parte temeraria, nuestro Otro.

Porque el Loco no tiene miedo. Nada guía sus pasos: ni dogmas ni palabras ajenas. En sus harapos está desgarrada la ambición. Con su parloteo se diluyen tanto la razón como la pasión. De su interior salen fantasías que pueden ser todo excepto mentiras. Ante su perpetua incertidumbre, desaparecen esas antropológicas ganas de aferrarse a los objetos, a las personas y a las rutinas.

Para el Loco, las palabras son como los primeros sonidos cuando despertamos, o como la retórica en los oídos de un niño: murmullos incomprensibles. Y nuestra historia –que no conoce– le da la razón: el sádico reino de Dios en el nuevo mundo, los ancestros masacrados para construir un país de pavimento, el profuso alegato del nacionalismo, la promesa del primer mundo.

Todo suena como un gran cuento, nada que no pueda hacer un trago de alcohol, un jalón de thinner o un buen sueño. Al final, en el reino de la fantasía es imposible sumar y una alucinación personal pesa tanto como la fantasía de las masas. La existencia bien podría ser un loco que se repite a sí mismo su vida, una vida, como esos personajes de Beckett que se revuelcan en el lodo e imaginan un mundo para hacerse compañía. Y entonces los locos no son sino los cuerdos, heridos con la obsesión de evitar la soledad.

La mugre del teporocho es un rastro de los humanos: cada costra es un agravio, una necesidad, un engaño, un recuerdo imborrable. Su sonrisa trasluce el sarcasmo del Loco, sabe que estamos equivocados y que él tiene acceso a un mundo secreto, donde están velando nuestros sueños, que podríamos encontrar, tan sólo si nos atreviéramos.


(Publicado en Desfaz #1)